Sin ti no soy nada

11/12/2015
Me invitaba mi estimado Antonio Figueredo, a que aprovechara este blog para escribir un artículo sobre la importancia del medio ambiente. He de reconocer, que lejos de ser un experto como él, es un tema que me toca la fibra sensible y, por tanto, tal sugerencia me es un placer.  

Más ahora que el medio ambiente cobra actualidad. En estos días se está celebrando la Cumbre del Clima en París y justo Pekín, por primera vez, declara la alerta roja por contaminación, con la imagen de millones de pekineses con mascarillas, por la alta polución que provoca este tipo de aglomeraciones urbanas.

Confieso que en el medio natural me siento como pez en el agua. Aunque mi vida discurra en la urbe, soy más feliz en la naturaleza, donde he pasado muchas horas compartiéndola con buenos amigos.

Cuando he paseado por senderos de bosques frondosos y centenarios, dormido con un estrecho y acogedor saco de dormir bajo el cielo estrellado de Sierra Nevada, contemplando paisajes como el Circo de Gavarnie, el Valle de Ordesa y el Cañón de Añisclo, la inmensidad de del Valle del Kaligandaki, el más profundo de la tierra, entre ochomiles nevados, en pleno Himalaya nepalí, los hermosos contrastes del paisaje de Marruecos entre el desierto y el Atlas nevado, los fondos repletos de vida del parque marítimo terrestre de Cabo de Gata o cresteando camino a nuestra Concha, me he sentido más vivo que nunca, conectado por un hilo invisible a la madre naturaleza.

Ese es el poder de la naturaleza. Cuando estamos ante ella, nos conecta con nosotros mismos, con nuestra verdadera esencia. Experiencias numinosas e íntimas que solo las entiende plenamente el que las vive, y las siente de esa forma.

La naturaleza, la madre tierra, Pachamama o como queramos denominarla, no nos pertenece en absoluto, ni nos necesita. De hecho, siempre ha estado ahí, muchísimo más tiempo del que nosotros como especie llevamos de alquiler en este hermoso rincón del universo como un destructivo virus que colonizara la Tierra. Sin embargo, nosotros sí la necesitamos a ella, no podríamos subsistir sin ella y vivimos de espaldas a esa verdad y a sus mensajes, como el cambio climático, del que el hombre, y su actitud hacia el medio ambiente, es responsable directo.

No llegamos a percibir que vivimos gracias a ella, a los frutos y cosechas que nos da su suelo, al aire que nos aporta su cubierta vegetal. La naturaleza es vida, conservarla nuestro deber y la manera de agradecer lo que nos proporciona. Como dijo Gandhi el mundo puede alimentar al hombre pero no su codicia. La ignoramos continuamente, la contaminamos, esquilamos selvas enteras y cortamos árboles centenarios con una escalofriante facilidad.

Somos ajenos a nuestras responsabilidades, pese al poder individual que tenemos de cambiar ese errático rumbo que, como especie dañina, provocamos en nuestro entorno.

Un pequeño ejemplo constata nuestra demencia, mientras una asociación ecologista o medioambiental local, que lucha por la vida del planeta —la de todos — puede contar con apenas veinte miembros, un club de futbol tiene miles de socios. No somos conscientes de que las ciudades, y más aún Marbella, necesitan del medio ambiente, de su protección y conservación para su supervivencia. Los turistas nos visitan y repiten por su espectacular paisaje, entre la sierra y el mar, de ciudad-jardín que ha resistido de forma maltrecha los embistes de la temida e imparable especulación.



Por eso cuando escucho que se va a un construir una nueva urbanización y los cantos de sirenas anuncian empleo y beneficios miles y falaces, yo solo siento consternación porque un nuevo bocado depreda nuestra hermosa tierra. Atrás quedan cordones dunares expoliados, pinares arrasados, bellos paisajes naturales que son sustituidos por cientos de enjambres residenciales que peligran con colmatar nuestro ya maltratado territorio, eso sí con nombres, que como viles eufemismos, nos recordarán lo que se arrasó: Bahía de Marbella, Balcones de Sierra Blanca, Pinos de Nagüeles, Los Naranjos, Playa Bella, que entre otros muchos, han supuesto el precio del deseado progreso emparejado al desarrollo turístico.

Si de verdad queremos empleo de calidad todo pasa por proteger lo que queda de la naturaleza que se nos dio y por la que llegaron desde los primeros moradores hasta los actuales visitantes. Una ciudad sostenible para nosotros y las próximas generaciones. Si rompemos ese equilibrio y no apostamos por nuestro medio ambiente, podemos dañar de forma irreparable la gallina de los huevos de oro. Ya le ha pasado a muchas ciudades turísticas que, como la leyenda de la Atlántida, se creían inmortales, ajenas al bien y al mal, pero que perecieron ciegas de ambición y huérfanas de sabiduría.

El turista, cada vez más exigente, es lo que demanda: ciudades amables diseñadas con delicadeza que cuidan de sus paisajes, de sus espacios públicos, de los espacios naturales, de su medioambiente, de minimizar el metabolismo urbano. Turistas que buscan cuál es la huella ecológica de su hotel y de la ciudad para saber en qué tipo de urbe están, que quieren recorrer una ribera disfrutando de sus plantas y faunas autóctonas, pasear por los múltiples senderos de Sierra Blanca o por la biodiversidad urbana de Marbella.

Turistas que buscan ciudades inteligentes, que lo son porque apuestan por el patrimonio natural y están comprometidas en la lucha contra el cambio climático. Ciudades que evolucionan hacia ese único camino posible, la sostenibilidad.

No es una entelequia este tipo de ciudad. De hecho Marbella ya es la tercera ciudad más saludable de España en cuanto al aire que respiramos, sin que haya habido ningún tipo de intención o estrategia que la respaldara.

Si ponemos un poco de voluntad y empezamos a trabajar por la movilidad sostenible priorizando los usos no motorizados y un buen transporte colectivo, una mayor eficiencia energética y apuesta por las energías renovables, fomentar el reciclaje y el residuo cero, un urbanismo que priorice espacios de calidad y de proximidad, cuidar de nuestros espacios naturales, del paisaje urbano y el patrimonio verde que tenemos en nuestra ciudad, realmente Marbella puede colocarse como una de las ciudades más verdes y saludables de Europa.

Hablamos de la ciudad que preconiza el plan urbano que ya está en marcha y cuyas ideas acabo de mencionar, estrategias que eligieron sus participantes, como claves para el desarrollo sostenible y futuro de Marbella. Todo un acierto, fruto de la inteligencia colectiva de sus ciudadanos.
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