Somos parte de la solución

08/02/2017
Sin ser agorero, simplemente utilizando las proyecciones oficiales de población, en el año 2050 está previsto que la tierra aloje a nada más y nada menos que la escalofriante cifra de 9.000 millones de seres humanos. 

Un escenario multitudinario que lanza muchos interrogantes sobre la capacidad de nuestro planeta para abastecer a nuestra especie si continuamos con el actual sistema consumista en el que unos pocos vivimos, otros sobreviven y muchos otros malviven. Un crecimiento demográfico mundial tan desafiante como alarmante es el cambio climático que ese crecimiento ilimitado provoca como modelo económico y que algunos todavía se atreven a negar ante las evidencias científicas. Ya lo apuntaba Gandhi: la tierra puede alimentar al hombre pero no su codicia.

La experta en ecologismo Yayo Herrero afirma que si todas las personas que viven en el planeta consumieran como la media de un ciudadano español harían falta más de tres planetas, cuatro si fuera un noruego, cinco en el caso de los Estados Unidos o doce planetas como la media de una persona de Kuwait. Pero solo tenemos uno y parcialmente agotado.

Un sistema que hace posible un estado del bienestar en los países desarrollados porque en el otro lado hay países subdesarrollados que son capaces de sustentarlo exportando materia prima, alimentos baratos, energía e importando residuos y contaminación del primer mundo.

¿Alguien puede creer aún que este modelo es sostenible? Pensemos en la basura que generamos en nuestra casa solo de envases o en la cantidad de ropa que terminamos desechando o los utensilios que compramos y almacenamos sin darle uso. Un artículo del periodista, Miguel A. García Vega, ofrecía estos reveladores datos: el 40% de los alimentos del planeta se desperdician; los coches particulares pasan el 95% de su tiempo parados; en Estados Unidos hay 80 millones de taladradoras cuyos dueños solo las usan 13 minutos de media, y un motorista inglés malgasta 2.549 horas de su vida circulando por las calles en busca de aparcamiento.

No es extraño que ante este modelo insostenible haya surgido una corriente en alza que intenta cambiarlo gracias a una ciudadanía concienciada y un sector empresarial que aprovecha la oportunidad con una nueva forma de emprender y de entender el concepto de propiedad como afirma el columnista del New York Times, Thomas Fiedman: hablamos de la economía y el trabajo colaborativo. Consumidores más preocupados por el acceso a los bienes y servicios que por la propiedad.

¿Suena extraño o a un futuro lejano? Seguro que no; si pensamos en vecinos que aprovechan vacaciones para alquilar su casa, en el sistema de multipropiedad, las cooperativas de trabajo, los espacios de Coworking, en personas que utilizan su coche para compartirlo en un viaje gracias a una aplicación de móvil, ciudadanos que trabajan en huertos urbanos colectivos, sistemas de bicicletas compartidas en las ciudades, los bancos de tiempo y multitud de plataformas que gracias a las tecnologías han favorecido la economía colaborativa: Relendo, AlterKeys, Blablacar, Spacebee, Zank, Tutellus entre otras muchas que nos permiten alquilar productos entre personas que viven en la misma zona, conectar a personas de un lugar para alquilar con aquellos otros que buscan alojamiento y así una infinidad de soluciones que saltan de la oportunidad empresarial —con sus claroscuros— a otro tipo de redes donde brilla la solidaridad de los individuos que las comparten.

Jeremy Rifkin, uno de los pensadores sociales más influyentes de nuestra época y autor del libro «La tercera revolución industrial» denomina este proceso como la era colaborativa, de la que afirma que guarda más relación con el juego creativo, la interactividad entre iguales, el capital social, la participación en espacios abiertos en régimen de dominio público y el acceso a las redes sociales. Un punto de inflexión en la historia económica para adentrarse en un modo colaborativo de vida.

La economía, consumo o trabajo colaborativo son la realidad de unas tendencias globales que vienen para instalarse en nuestra sociedad y para corregir una parte de los desmanes de un sistema que debe cambiar de paradigma de acuerdo con los límites ecológicos del planeta. El crecimiento ilimitado es la base de nuestro actual sistema económico y una gran quimera que nos aporta un artificial y agradable bienestar pero ¿a qué precio? ¿Seríamos capaces de vivir en otro modo de vida más sostenible? Somos parte de la solución.
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