La posmentira

27/02/2018
No sé qué piensan mis conciudadanos pero yo cada vez estoy más harto de la política, de muchos de sus sujetos y de los partidos y, sobre todo de que existan unas reglas de juego que cada vez hacen mayor la estulticia de nuestra sociedad. 

Me alivia, en parte, no estar solo en este bajón. El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en su avance de resultados de enero de 2018 realiza una pregunta a casi 2.500 encuestados de toda España sobre cuál es el principal problema que existe realmente en España.

Una pregunta habitual en este estudio donde el problema que más nos preocupa es el paro con un 40,5% seguido de la corrupción y el fraude con un 15,6% y los políticos en general, los partidos y la política con un 10,5 %, con bastante peso frente a otros cuarenta y tantos ítems como son los problemas de índole económica, el tema catalán, los problemas relacionados con la calidad del empleo…

En ese empacho ciudadano están juntas la política y los partidos pero si analizamos el asunto la política es un concepto inerte. Lo que le da contenido y significado es lo que los políticos hacen de ella. Son ellos los que le dan la personalidad y los auténticos hacedores de que la política sea algo que menosprecie la sociedad porque hoy va unido a falta de representatividad, a corrupción generalizada y a cinismo.

La política podría ser una de las actividades más sublimes de las que somos capaces los humanos como puede ser la medicina o las artes y a veces lo es aunque nos sorprende su excepcionalidad. Una actividad sublime la política porque tiene la capacidad de transformar la realidad en otra mucho mejor; de aumentar nuestra calidad de vida; de hacer mejores nuestras sociedades y a los que la ejercen.

Pero no estamos en esa política utópica, estamos en esa otra que no se nutre de los mejores currículos profesionales sino de militantes de cuna que aprenden a obedecer, a cumplir con las reglas del partido y sobre todo a no pensar ni disentir nada de lo que sus líderes digan, unos dirigentes que prefieren la mediocridad a rodearse de gente válida y crítica que puedan hacerles sombra o no rendirles la suficiente pleitesía. Otra historia son los palos en las ruedas entre los compañeros dirigentes.

El pensamiento crítico y constructivo no es bienvenido en los partidos, sí la obediencia ciega. No están los mejores sino los más sumisos, los demasiado listos y todos aquellos que se han preparado durante años para hacer de la política una profesión. Da igual estar en el gobierno porque ahí estarán las instituciones de su partido, las puertas giratorias, el Senado, las diputaciones, mancomunidades, federaciones, organismos europeos o internacionales y un sinfín de cómodos sillones que les permitirá, como satélites, seguir viviendo de la política o mantenerse mientras aparece la oportunidad de estar en primera línea política. Por supuesto hay excepciones, en todos los partidos: gente honesta que cree en sus ideales y que lucha por el interés general. Conozco a unos pocos.

Son las dichosas reglas de la política y el poder económico que los llenan de oportunistas y trepas que buscan más su interés personal y la vacían de perfiles deseables: con más sensibilidad y un mayor compromiso social que sí luchen por el interés general. A esos no les dejan llegar y a otros muchos tampoco les interesa entrar e intentarlo. Y motivos no les faltan.

No quieren codazos ni competir o están acostumbrados a ver como los buscan para reforzar las listas y olvidarse de ellos cuando ya se consigue el objetivo. Pero desgraciadamente necesitamos gente normal, comprometida, con sentido común . Ciudadanos que den un paso al frente del escenario político, que no solo quieran mejorar la sociedad sino también cambiar esas dichosas reglas de juego.

Unas reglas que saturan en exceso la paciencia de los ciudadanos que cada vez se encuentran más desafectados de la política. En las últimas elecciones generales de 2016 hubo la más baja participación desde las elecciones democráticas de 1982 con un 66,48% frente al 79,97 de las primeras.

En Marbella en las municipales de 2015, con un censo electoral de 85 000 ciudadanos, solo se contabilizaron 47 790 votos. Un absentismo del 44%. La desafección es evidente: no acudimos a votar pese a que es una obligación ciudadana y otro síntoma es que nos hemos vuelto inmunes a la batalla política continua, al tú más, a la oposición agresiva y destructiva, a la corrupción generalizada, a la manipulación mediática y a la mentira.

Todo lo que hace un partido es lo mejor para esos militantes, todo lo que hace el otro partido está mal y viceversa. Y los ciudadanos como un partido de ping pong permanecen atónitos e impotentes ante este absurdo peloteo. Como ese extraño juego de reclamar las competencias ajenas en lugar de las propias en la oposición y jugar al despiste cuando están gobernando.

Partidos solo interesados en mantener a su organización y a sus miembros. Alejados irremediablemente de los fines con los que se consagraron y alejados de la sociedad. Partidos repletos de idearios pero vacíos de ideas. Partidos sin planificación alguna que solo funcionan en clave electoral con su enorme maquinaria política. Incumpliendo programas que tampoco la ciudadanía les exigirá porque ni siquiera los leyeron como tampoco lo hacen con las instrucciones de los aparatos que compraron.

Y que decir de tanta mentira. De incumplir promesas y programas. De prometer uno cosa en campaña y hacer otra gobernando. Ellos le llaman incluso responsabilidad, yo le llamo cinismo y querer ganar elecciones a pesar de todo. La culpa es nuestra porque, ante tanta mentira y corrupción, nuestro silencio, voto y complicidad pasiva los hace inmunes.

Hay algo que me molesta por encima de todo, aparte de la imperdonable corrupción que socava nuestro futuro, como es la manipulación mediática. Esa mal llamada posverdad, un eufemismo a ese término corrompido como es «mentira» que ya no nos llama la atención porque es tal su abundancia que nos hemos vuelto inmunes.

Un término que yo hubiera denominado POSMENTIRA, porque lo otro da apariencia de verdad. Una práctica en las ruedas de prensa y en los medios que distorsionan la realidad de forma deliberada para colocar a la verdad en un segundo plano y modelar la opinión pública, ejemplos nos sobran. En definitiva una mentira la llamemos como la llamemos aunque en esta era de sobreinformación entiendo que se tenga que recurrir a este tipo de neologismos para captar la atención de los ciudadanos.

Por supuesto que otra política es posible pero es la sociedad civil la que debe tomar conciencia de que son parte del problema y también de la solución. Una ciudadanía que tiene que dar un paso al frente y asumir responsabilidades. Nuestro futuro depende de ellos, de convertir a la política en lo que debería ser. Algo sublime y transformador.
 
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