Cincuenta y siete años de retraso

25/01/2018
El otro día encendí la televisión y por casualidad me encontré con la película La reina infiel. Me atrapó desde el primer momento esta producción histórica danesa de 2012 basada en la novela Prinsesse af blodet de Bodil Steensen-Leth. Una historia real ambientada en el último cuarto del siglo XVIII cuando la princesa inglesa Carolina Mathilde contrae matrimonio con el joven rey de Dinamarca Cristián VII. 

Un monarca aniñado con graves problemas mentales que gobernaba de forma caprichosa el país hasta que un grupo de aristócratas que formaban el Consejo de Estado, preocupados por la deriva psicológica de su soberano, buscan en un médico alemán, Johann Struensee, la solución a la misma. En 1768 se convertiría en el médico real de Dinamarca y, en breve tiempo, en buen amigo del rey y mejor de la reina que le nombra secretario privado del soberano y gobernante de facto. Un hombre adelantado a su época con ideas muy progresistas que instauró la vacunación universal, abolió la tortura, la censura y parte de los privilegios de la nobleza. Medidas que terminaron movilizando a las fuerzas vivas en contra de Struensee.

Lo que no pudo terminar el médico germano lo continuó más tarde el propio hijo del rey Cristián, el rey Federico IV de Dinamarca, que culminó la reforma liberal emprendida por Johann Struensee con la concesión entre otras medidas de la libertad de prensa, la abolición del comercio de esclavos y de los privilegios feudales. Hablamos de principios del siglo XIX.

Sin querer hacer un spoiler de la película —que recomiendo— es una historia que invita a reflexionar sobre los mecanismos del poder y sobre lo difícil que es romper con lo establecido. Sin embargo otra reflexión para mí es más destacable: los años que estas democracias como las de los países nórdicos nos llevan por delante como sociedades.

Podríamos pensar que nuestras sociedades comparten análogos estados de prosperidad comparando los niveles de la sanidad, educación, infraestructuras, riqueza, capital social…algo que tras la crisis económica, que ha hecho tambalear nuestro sistema del bienestar, es más que cuestionable.

Oxfan Intermon acaba de publicar su informe mundial ‘Premiar el trabajo, no la riqueza’ donde pone en evidencia un país con más desigual que antes de entrar en la crisis: donde la población más rica (el 1% de la población) concentra más de la cuarta parte de la riqueza (25,1%), en una proporción parecida al 70% de la población (que tiene el 32,13%) y donde la tasa de pobreza total se situó en el 22,3% de la población, la mayor desde 1995 y la tercera más alta de la UE, solo por detrás de Rumanía y Bulgaria, en el mismo nivel que Lituania. Algo más que sonrojante.

Pero incluso pensando ilusamente que tras la transición española nuestra sociedad se equiparó a los niveles de desarrollo de nuestras vecinas democracias europeas, más que consolidadas, no creo que fuera de igual manera con nuestras mentalidades. Los cuarenta años del régimen franquista con su aislamiento social y cultural no se pueden recuperar a base de presupuesto. Es una cuestión de tiempo. Un tiempo al que habría que añadir no solo esos cuarenta años que ya se han cumplido, sino siglos donde los avances de la sociedad, derechos civiles y sus obligaciones como ciudadanos en muchos de estos países del norte de Europa han calado en ellos haciendo de estas, sociedades ejemplares y habitantes cívicos, por supuesto con sus claroscuros.



A lo que habría que añadir en Marbella los diecisiete años que la época gil condenó a la ciudad y a sus gentes. Algo tan sutil que puede pasar desapercibido para algunos sino se ilustrara con numerosos ejemplos que apoyen esos argumentos, como la deuda heredada, el déficit en los equipamientos públicos o que todavía algunos de sus habitantes aseguren que volverían a votar a un Gil, porque aunque robara hacía cosas, algo desgraciadamente que no es endémico solo de Marbella ni de ese partido.

El panorama no índica desde luego que estemos evolucionando como sociedad, en Marbella menos aún, al contrario sin querer pecar de pesimista diría que estamos en un periodo involutivo con una sociedad más retrógrada que hace veinte años en muchos aspectos.

Traigo aquí el caso de las famosas bicicletas amarillas que tal y como han inundado la ciudad han desaparecido de la faz de nuestra tierra. No voy a entrar en la más que cuestionable y poco transparente implantación de este servicio por parte del Ayuntamiento con la empresa china Ofo, sin estacionamiento fijo, sin datos sobre la concesión, sin consenso con los colectivos de movilidad y otras empresas locales del ramo o sin información sobre lo que ya estaba cerrado con la empresa concesionaria de la zona azul, en las mejoras de la renovación del contrato para implantar este servicio, creo que con más garantías.

Lo ocurrido nos sugiere también que Marbella como sociedad no está preparada para algo tan normal en Europa como es un sistema de préstamo de bicicletas. El mal uso y el vandalismo nos han puesto nota como ciudad indicando donde nos encontramos y lo que nos queda. Tampoco lo está para los carriles bicis escuchando las reacciones negativas que los pocos viales de carriles bici o ciclocalles provocaron en muchos ciudadanos que querían ser europeos pero que no les pasara ningún carril bici por debajo de su casa o por su ciudad.

Hablo de bicicletas y las infraestructuras para que funcione otro tipo de movilidad pero podríamos hablar de cultura política, de la sociedad civil, del tejido asociativo, del estado de nuestro patrimonio, de la corrupción, de peatonalizaciones, de conciencia ecológica, de urbanismo sostenible: en definitiva de mentalidades o de nuestro propio inconsciente colectivo más inconsciente que nunca.

Nos queda mucho para alcanzar a esas otras sociedades en respeto, tolerancia, cultura democrática o civismo. Han pasado 43 años desde la transición, superando en años la larga sombra que fue el régimen franquista. Nos quedan tan solo 7 de ese periodo negro de 17 años del gilismo en Marbella para llegar a saldar esa cuenta matemática de los 57 años de retraso. Desgraciada o afortunadamente la apertura de una sociedad no es solo una cuestión de aritmética.
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