Votar

06/11/2019
Valle de Trápaga, Barakaldo, Bizkaia. Años 60. Uno de los polos industriales de Euskadi. Medio centenar de grandes empresas se concitan en aquel territorio y una colonia de hombres y mujeres recorren andando sus arterias como una hilera de hormigas minúsculas que se mueven al compás de las sirenas de las fábricas, donde los turnos imponen su ley como las mareas. Una generación que sufrió una guerra fraticida en sus propias carnes, una posguerra devastadora y ahora la injusticia permanente de trabajar seis días y medio a la semana sin posibilidad siquiera de denunciar esta situación de semiesclavitud contemporánea. 

Aún palpitaba en sus carnes el miedo a las llamadas en la puerta a media noche, a la desaparición perpetua de vecinos y amigas, a las condenas sumarias.

Vísperas del 1 de mayo, que la dictadura franquista, con la aquiescencia de la iglesia católica y el Papa Pío XII de Roma había transformado en 1955 en el Día de San José Obrero. Justo después del bocadillo, en torno a las doce del mediodía, todos los trabajadores de todas aquellas fábricas se llevaron la mano al bolsillo de sus buzos, de sus batas, de sus trajes de faena, sacan un puro y lo encienden al unísono en el único acto de rebeldía que podían llevar a cabo sin ser censurados, castigados, reprendidos. Por un instante, aquel polo industrial que era el Valle de Trápaga se transformaba en un polo de libertad.

Una de aquellas empresas es la General Eléctrica, uno de aquellos trabajadores mi abuelo, mi aitite Daniel.

Todos los derechos son una conquista. Una conquista fraguada en pequeñas luchas cotidianas. Votar es un derecho, derecho en el que se sustenta la democracia, sistema sobre el que se asienta nuestra constitución. Un sistema imperfecto, sin duda mejorable, pero que nos permite escoger, elegir, decidir quiénes queremos que nos gobiernen. Con nuestro voto decidimos parte de nuestro futuro. Dibujamos un mapa de los próximos cuatro años, hacemos una apuesta sobre qué tipo de sociedad queremos.

Por eso, ante aquellas personas que dudan, los descreídos, los que promulgan acodados en la barra del bar que todos los políticos son iguales, que votar no sirve para nada, que es un acto inútil, a todas esas personas les recordaré aquella víspera del primero de mayo, hace apenas 60 años cuando mi abuelo Daniel, mi aitite, el único acto de rebeldía, de libertad, que podía expresar sin sufrir consecuencias era fumarse un puro junto a sus compañeros.

Todos los derechos son una conquista.
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