Verano en el sur

01/08/2018
Mi sangre norteña malvive con estos calores sureños, más propios de un tórrido drama de Tennessee Williams que de mi imaginario personal. Añoro el frescor de la tarde como quien añora un amor pasado, la pelliza subida hasta el mentón mientras el aire frío del otoño azota mi azotea pelada, la chamarra cruzada sobre el pecho, la gorra calada hasta la frente.

Este verano del sur ha traído hasta mí cierta pereza, "esa lánguida pereza desnuda" que decía el poeta. Una pereza que tiene más que ver con el dejarse llevar por las horas que por la decisión o querencias de no hacer nada. Pasan los minutos de la tarde agostada, uno tras otro, entre la brisa crujiente y el chirrido omnipresente de las chicharras. Uno o dos pájaros trinan y se oye un chapoteo en el fondo de una piscina lejana.

Este verano del sur ha traído hasta mí ciertas costumbres nocherniegas. Aquella sabiduría ancestral de reunirse a la fresca con los amigos y dejar las horas más tiernas de la tarde para las siestas y los quehaceres muelles, suaves, que no exijan un desfogue excesivo. La fresca ante la puerta de la casa, o en la terraza del bar, a la sombra de la iglesia, bajo la dama de noche.

Este verano del sur ha traído hasta mí cierto gusto desaforado por la sandía. Corazón rojo, palpitante. Sandía en el rebalaje de la playa que refresca sin enfriar y mantiene viva el alma de tan noble fruto. Sandía a punto de congelación en forma de helado infantil que chorrea por las comisuras. El caldillo de la sandía, sabio como una auténtica sopa sabia, premio codiciado por mi Daniela de seis años.

Este verano del sur ha traído hasta mí cierta necesidad de inmersión. No diré que antes no apreciara el agua, siempre me he considerado un ser acuático, pero ahora el gusto es necesidad. Sumergirse, de cuerpo entero, mejor a cuerpo gentil si el lugar lo favorece. Mojarse, remojarse, humedecerse en el mar playero, en las fuentes que salpican nuestras urbes, en cualquier piscina prestada. Sentir el agua fluir a tu alrededor, que me envuelva, que evapore los calores que me atenazan.

Este verano del sur ha traído hasta mí el placer de la playa tardía. De contemplar el atardecer con los pies en el mar. De observar cómo las siluetas se alargar hacia levante haciendo gigantes sobre la arena. De sentir cómo la arena se enfría bajo mis pies. De ver aparecer los primeros pescadores de costa. De abrazarme a Daniela y a Antonia con la toalla enrollada a nuestros cuerpos. De ver cómo se perfila el peñón de Gibraltar en el horizonte difuso. La tarde, en la playa.

Bien vale padecer estos calores demoníacos por haber conseguido disfrutar de estos pequeños placeres... La pereza, la fresca, la sandía, el agua, la playa tardía...

Nos encontramos, de nuevo, en septiembre, que sea este uno de esos grandes veranos.


Fernando Moreno
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