Pactos

08/05/2019
Este artículo va escrito a caballo si están leyendo su versión digital o su versión en papel. En la primera, la digital, la carrera electoral es aún una llamada a la acción postergada 24 horas, hasta que la Ley Electoral dé el perentorio pistoletazo de salida y los partidos que concurren a los comicios locales, 10 en Marbella, comiencen su escalada de propuestas y convencimientos.  

En la segunda, la campaña electoral es ya una realidad indiscutida que invade el espacio de lo cotidiano a través de mercaderías, ideas, programas y astracanadas proclamadas en todos los formatos soportables y que tienen un objetivo doble convencer a los convencidos y movilizar a los desmovilizados.

El panorama electoral en Marbella, como en el resto de las circunscripciones, está más atomizado que nunca, plantea un sinfín de interrogantes difícilmente predecibles hasta el mismo día 26 de mayo, pero, sin embargo, sí deja constancia de una certeza, que volar en solitario, con mayoría absoluta para un solo partido político va a ser imposible y que los pactos habrán de ser consustanciales al próximo gobierno de la ciudad. Ya fue así en 2015, y así será en 2019.

Y aquí es donde entran esas visiones en túnel en las que un sector de la opinión pública considera que los pactos no dejan de ser una tiranía del más pequeño frente al más grande, un mal necesario al que alimentar para conseguir un objeto mayor, y otro sector que opina que un gobierno constituido entre varios es una garantía de mayor control y pluralidad y un mejor reflejo de una sociedad alejada del monocolor y cambiante de manera permanente.

Las mayorías absolutas son atilas que no dejan crecer la hierba por donde pasan, la política pactista exige una visión más amplia de la realidad que te rodea, más profunda y más sutil, en la que el arte de ceder para ganar implica al menos una pizca de humildad, cintura para encajar algún golpe y después fajarse del mismo, escuchar otras voces que no son la propia y entender que el bien común está por encima del interés personal.

Aquí, los descreídos andarán echando pestes y soflamas acerca de la demagogia y de la ingenuidad, pero permítanme creer que debe ser así para que luego, como ciudadano así pueda exigirlo. Los gobiernos monocolores son caldo de cultivo para el clientelismo y la opacidad, para la falta de transparencia y la aniquilación de la participación, para la visión unívoca del mundo.

Dice la Real Academia de la Lengua sobre el verbo pactar en su primera acepción: 1. tr. Acordar algo entre dos o más personas o entidades, obligándose mutuamente a su observancia.

Así que, una vez predicho que el pacto será necesario, bien estaría que nos quedemos con la última parte de la definición, esa que subraya la “obligación mutua a su observancia”, porque no hay mejor contrapoder que una mayoría imperfecta.
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