Otros mares

27/03/2019
Escribo estas líneas desde un mar bronco y oscuro, brutal en ocasiones, que ha modelado la costa a su imagen y semejanza, igualmente bronca y oscura y brutal en ocasiones. Una costa en la que los pueblos se abrazan a las rocas para evitar sus embates, que se protegen en calas imposibles, en acunados fondos de rías, apostados tras farallones inmensos que caen a pico sobre las olas. 

La ingeniería humana mantiene un pulso eterno con la naturaleza y así se crean recodos requebrados que protegen de las mareas bravías, murallas confeccionadas con enormes cubos de hormigón para situar a su abrigo a los barcos pesqueros que se afanan en la anchoa o el atún o el bonito y la sardina, o los chipirones que luego degustaremos en su tinta o encebollados.

Y a ese mar se contraponen unas montañas recias y serenas, alfombradas de una multiplicidad de verdes y salpicadas de pastos nutritivos en los que pacen vacas y ovejas y caballos libres. Unas montañas conquistadas y marcadas por sus amantes y que lucen en sus cimas los buzones en los que los clubes de escalada, montaña, senderismo, intercambian cartas y anotan en sus cuadernos de bitácora quiénes y cuándo las hollaron.

Y en este contraste, apenas entrevistos entre los bosques, los caseríos, los baserris, ese núcleo esencial de la vida en Euskadi, del reparto de la tierra, del entierro de sus generaciones, de las labores del campo y la economía matriarcal y de subsistencia. Una organización de pura jerarquía hereditaria, donde sus habitantes, desde ancestros toman el apellido del propio caserío o viceversa, ya que las toponimias hunden sus raíces en el tiempo.

Este es el paisaje que tengo ante mis ojos, el de una Bizkaia verde y azul y luminosa, alimentada de contrastes en el territorio de las emociones y en el de los horizontes, en las costumbres rurales y urbanitas, donde el Guggenheim y San Juan de Gaztelugatxe conviven en armonía dispar.

Y ahora, en esta época de mi vida en la que deposito mis querencias en las playas del Mediterráneo de Marbella, me resulta inevitable situar la Duna del Pinillo y la Ría de Urdaibai (Reserva de la biosfera de la UNESCO desde 1984) en un mismo plano, en la necesidad de defender el patrimonio natural que nos diferencia y nos hace únicos e imprescindibles.

La obligación de proteger los paisajes singulares como una manera de protegernos a nosotros mismos, a nuestro futuro y así poder mantener inalterable, solo sujeta al arbitrio del clima, esos lugares en los que se desarrolló la vida humana mucho antes de la llegada de nuestra civilización que lo ha fagocitado todo.
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