Esas pequeñas cosas

20/11/2019
La Marbella de la pompa y el boato, de la alharaca y del postureo hace aguas en lo cotidiano, en el día a día, en la vida común de las personas que residimos entre sus calles, esquinas y plazas durante todo el año.  

Más allá de los grandes temas, fastos, aquellos que ocupan los mentideros de manera habitual y que posicionan aquí y allá a los tirios y troyanos de turno, para los que no hace falta lupa, en ocasiones, las realidades que nos afectan son pequeñas, pero definen la esencia de una ciudad que, por cierto, parece ya ha superado los 150.000 habitantes, situándose como la séptima de Andalucía, por encima de algunas capitales de provincia.

La palabra para el desapego de esta vida cotidiana entre las bambalinas del oropel es resignación. La ciudadanía nos resignamos a convivir con lo anómalo como si fuera lo cotidiano y con el malestar como si fuera una forma más, un pariente, un cuñado inevitable, del bienestar. Y esta resignación provoca una anestesia generalizada que nos impide reaccionar, protestar, cabrearnos ante la incapacidad que nos hurta parte de nuestros derechos.

Son esas pequeñas cosas, que decía Serrat, las que apuntalan la calidad de vida de los vecinos y vecinas de una urbe, más allá de los grandes hitos comerciales y publicitarios.

Vayan aquí solo tres ejemplos.

Las clases de teatro infantil en el “conservatorio” de Marbella aún no han comenzado. Deberían haberlo hecho en septiembre, pero no. Su profesora está de baja, una lesión y una operación la han retirado del escenario por un tiempo. Más allá de sus lógicos derechos que defenderé siempre, cerca de medio centenar de niños y de niñas están esperando a que se inicio el curso o no, a que sean admitidos o no, porque, pese a los casi tres meses de baja aún no se ha buscado un sustituto. Las familias aguardamos, resignadas.

La piscina municipal aún continúa cerrada. Iban a ser tres semanas en septiembre y ya vamos camino de los dos meses. La actividad paralizada y los usuarios y usuarias sumergidos en la diáspora, esperando en ese limbo institucional a que la piscina se reabra o no se reabra, a reanudar su actividad o no reanudarla. Los nadadores y nadadoras, resignados.

La gratuidad de los autobuses no ha mejorado su eficacia. Aún permanecen paradas señalizadas y no operativas. Usuarios y usuarias que contemplan atónitos como autobuses fuera de servicio pasan ante sus ojos y a continuación, otro vehículo repleto hasta los topes que no para. La incógnita de los horarios y su pérdida de tiempo, sus ajustes en la vida de idas y venidas a citas, trabajos, colegios. Los vecinos y vecinas, resignados.

Y esta resignación que induce a la anhidrosis, esa enfermedad congénita que nos impide sentir dolor. Y ese ausencia de dolor a la asunción de estos pequeños males, de estas pequeñas cosas que atañen a la vida cotidiana, esos males menores que trastocan nuestros días, esos males del ahora, del ya, del momento, contra los que nos resignamos viendo cómo pasa el tren del Marca Weekend Sport o de la Copa Davis mientras el Serrano Lima se cae a pedazos, mi hija aspira subirse a las tablas o mi padre espera el autobús que le lleve al hospital.

Esas pequeñas cosas.
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