De pesca

10/07/2019
Podría ponerme poético y escribir algo así como…  

Terciaban las nueve de la noche cuando atacamos la bocana del puerto pesquero para adentrarnos en las procelosas aguas abiertas frente a Marbella, mientras a estribor se recortaba sobre el horizonte de tierra la mole colosal de La Concha, como una sombra tintada por la paleta del sol al atardecer mientras sus últimos rayos rielaban sobre la mar. Algo así.

Pero la realidad, aunque para el neófito la experiencia mantiene intacto su aroma de aventura y de poética, es más dura, fría e injusta de lo que se puede observar desde tierra. Después de tres horas regresamos a puerto de vacío. Cuatro horas más tarde, en la madrugada, la flota pesquera volvió a salir con la esperanza de que, bien entrada la noche y la oscurecida, los bancos de sardinas se dejaran engatusar por las artes de cerco, pero, los barcos de la flota de Marbella regresaron, de nuevo, de vacío. Entre ellos, el nuestro. Cinco pescadores marroquíes y tres tripulantes marbelleros, de esas familias que han mamado el salitre desde la más tierna infancia, los ocho, de vacío.

Y la incertidumbre es un velo que cada noche empaña la salida por la bocana del puerto. La experiencia te hace ver, intuir, creer, desplazar el barco hacia levante, poniente, regresar, permanecer atento al sónar que dibuja un mapa de rojos y verdes con su eco, pero si la sardina o el boquerón juegan al escondite, la suerte, el azar, cuentan más que la esa experiencia de años.

La radio chisporrotea, el patrón sonríe, intercambia una o dos frases, se escuchan al otro lado juramentos en antiguo arameo y el runrún del barco que llena todos los espacios. Los marineros marroquíes se postran orientados a la Meca y rezan sus oraciones, para charlar, después, distendidos, sobre el fútbol y la vida.

El barco sigue dando vueltas. Hemos varias parejas de delfines jugueteando a proa, siguiendo a otras embarcaciones. “Esto es bueno y es malo. Es bueno porque significa que hay pesca y es malo porque la mueve de aquí para allá”, sabiduría de patrón. Puerto Banús, San Pedro, regreso, El Pinillo y Río Real, regreso. Y embocamos a puerto.

Desembarcamos, no sin antes entrar en los detalles burocráticos que se exigen de tierra adentro, los programas informáticos han dejado en el olvido los cuadernos de bitácora. El barco se balancea muellemente. Ponemos pie a tierra con esa experiencia de novatos latiendo a flor de piel, y valorando de justicia, el camino que hay que recorrer hasta acodarse en un chiringuito a degustar un espeto de sardinas.

Buena mar. Buena pesca. 
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