Amor de verano

17/07/2019
Aún me quema su intensidad, casi como si el beso último, ese definitivo, el de la despedida, hubiera sido el de ayer, el de anteayer. Por más que los apóstatas del amor quieran despejarlo de un plumazo, el amor de verano, los amores, refulgen en mi memoria como una tarde resplandeciente. Y ahora, más talludo y entrado en la vida, no puedo dejar de sonreír con dulzura y complicidad cuando les veo a ellos, a ellas, intercambiar aquellas ternuras incendiarias sobre la tórrida arena de El Cable o La Bajadilla, cuando la luz del día comienza a atenuarse. 

Dicen que estos amores son iniciáticos, un amago de ensayo para los otros amores venideros, el sustrato donde cuajará la experiencia que permitirá brotar el definitivo. Muestro mi respeto ante esta aseveración más o menos popular, pero lo pongo en barbecho desde mi experiencia, donde los amores de verano ardieron hasta consumirse con el estío algunos de ellos, y algunos otros duraron hasta la llegada de los primeros fríos.

Pero en la memoria permanecen todos ellos casi intactos, con sus nombres y sus formas, y sus situaciones rocambolescas, trufadas de inexperiencia, aparejados a unos momentos de la vida en lo que casi todo era nuevo o lo parecía. La cara y el envés, con el otoño también llegaba el desamor, producto del desapego, provocado por la distancia, o por la traslación de esos amores a la vida cotidiana en la que no aguantaban ni una salida al cine.

No prolifera la nostalgia en el recuerdo de aquellos veraniegos amores, sino más bien la complicidad de haber compartido un momento único. Algunos de ellos permanecen apegados a mi vida de manera muy natural hasta hoy, otros escritos en una agenda gastada y perdida que muy probablemente no recuperaré nunca.

así me lleva el pensamiento al perfume de los castaños de indias, que huelen dulce cuando llueve, en un parque de Barakaldo, o a los trigales agostados de un pueblo de Burgos con las bicicletas recostadas sobre la tierra, al aroma del aftersun y aquellas caricias tan torpes como curativas sobre una espalda quemada, un largo trayecto de vuelta en tren desde un punto olvidado a otro por olvidar… Todos ellos, los amores, de verano.

Y aún falta uno.

El que me trajo a Marbella.

También fue un amor de verano en 2004.

Un amor de verano que dura hasta hoy.
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